viernes, 2 de julio de 2021

Biografía "Hedy Lamarr: la famosa actriz e inventora autodidacta que contribuyó a crear el WI-FI"


 

Comenté hace un par de meses que había comenzado a leer los tomos que despertaron mi interés de la colección de kiosco de Grandes Mujeres. El primero de ellos fue la biografía de Mary Shelley, cuya reseña tenéis publicada en la entrada que acabo de mencionar.

 

Tras mis exámenes, que me imposibilitaron la lectura durante casi dos meses, he proseguido con esta tarea según un orden basado puramente en mi interés. Así fue que decidí continuar con el ejemplar que relata la vida de la actriz e inventora vienesa Hedy Lamarr. 

Hedwig Eva Maria Kiesler (1914-2000) nació en Viena, donde residió casi las dos primeras décadas de su vida. Desde su tierna infancia mostró un claro interés en el mundo de la estética y la imagen, y en los años venideros forzó una férrea resolución de convertirse en actriz. No obstante, además de presumida también era una chica brillante (aunque nada aplicada en los estudios) que demostró una gran facilidad para la comprensión de la tecnología, conocimientos que desarrollaría de forma completamente autodidacta. 


Pese a que no quiero extenderme, me parece muy ilustrativo rescatar la siguiente anécdota de su infancia, según la cuál una vez su madre la pilló trasteando con su caja de música, completamente desmontada. Esta montó en cólera y acusó a la pequeña de haberla roto, pero, para su sorpresa, la niña le explicó que tan solo quería comprobar cómo funcionaba, y ante la atónita mirada de su madre, volvió a reconstruirla sin problemas.

 
No obstante, a pesar de sus indiscutibles cualidades en ese terreno, Hedy estaba determinada a ser actriz. Siendo realistas esta era una salida mucho más factible para ella, ya que la segunda década del siglo XX no era una época especialmente favorable para que las mujeres pudieran llevar a cabo una carrera como inventoras, tal y como comprobaría ella misma más tarde.
 

Durante su adolescencia, haciendo gala de su testarudez y determinación, comenzó a saltarse clases y a colarse en rodajes de películas, haciendo uso de una tremenda astucia. No tardaría así en empezar a conseguir papeles menores, para poco después comenzar a trabajar bajo las órdenes del prestigioso director Max Reinhardt. hasta que, un día, se toparía con la decisión que cambiaría el rumbo de su vida y la marcaría para siempre: protagonizar la película de tintes eróticos Éxtasis (1933), a sus escasos 17 años de edad, para la que tuvo que trasladarse a Berlín. Lo que aquella joven aún ingenua no sabía es que se trataba de la película que llevaría el primer desnudo y el primer orgasmo a la gran pantalla sin tratarse de una película explícitamente pornográfica. La pobre Hedy, ya metida de lleno en el rodaje y persuadida por las malas artes de sus superiores —traducidas en mentiras sobre cómo iban a ser supuestamente esas escenas—, no tuvo otra opción que continuar.

 
La película fue un escándalo, tanto en su hogar familiar como fuera de él, pero la catapultó al centro de atención, que a fin de cuentas era lo que ella deseaba. Empezó a obtener más papeles, y sobre todo, más admiradores. Hedy, que adoraba la atención y el reconocimiento, se dejó agasajar y cayó en las zarpas de Friedrich Mandl, un proveedor austríaco de armas sin escrúpulos e ideas marcadamente fascistas que la encandiló con sus atenciones hasta que logró que se casara con él.

 
Después de esto, su vida de casada se tornó en un infierno. Convertida en una mujer trofeo, su marido solo la sacaba de casa para pasearla en fiestas exclusivas, alardeando de su “adquisición”, y en su empeño en ser el único dueño y señor del visionado de sus partes más íntimas, se empleó en intentar destruir cualquier copia que quedara del antes citado escandaloso film.

 
Recientemente había perdido a su padre y para colmo, se sentía una prisionera en su propia casa y, cuando salía de ella, cada vez que hacía algún intento por eludir la vigilancia que siempre la acompañaba, su marido se tornaba si cabe más posesivo, y sobre todo más violento, pues también la castigaba físicamente. Haciendo gala una vez más de su enorme astucia, Hedy logró urdir un plan y escapar de él, huyendo de la ciudad hacia París.

 
Una vez libre y echando mano de los contactos que ya tenía en el mundo cinematográfico, adornó su historia de huida para hacerla más atrayente y logró concertar una reunión en Londres con Louis B. Mayer, el director de la Metro-Goldwyn-Mayer, quien podía ser su pasaporte al círculo de estrellas de Hollywood.

Este encuentro fue peor de lo que esperaba, ya que el director era un cerdo machista que después de repasarla con la mirada e insinuársele rechazó ofrecerle una oferta decente arguyendo la mala fama que la estrella erótica le daría a su empresa.

 
Ella, confiando en sus cualidades, se retiró muy digna haciéndole ver que se arrepentiría de infravalorarla, y trazó un nuevo plan. Logró hacerse un sitio en el viaje en barco que este iba a realizar, y sin establecer nunca un contacto directo con él, se dejó ver día sí y día también engalanada con sus mejores trajes y explotando al máximo su belleza. Si algo sabía era hacerse valer, y se paseaba con el regio porte de una faraona egipcia. Mayer resistió hasta el último momento pero al final cedió y se le acercó ofreciéndole una mejor oferta, que ella aceptó sin perder ni un ápice de orgullo.

 
Había conseguido lo que quería, ya era una estrella de Hollywood. Eso sí, por un precio. Mayer trató de cambiar o “perfeccionar” todo lo que no le convencía de ella. Modificó su nombre a Hedy Lamarr, en honor a la actriz Barbara La Marr, cambió su peinado y la obligó a adelgazar, así como a instruirse en todo aquello en lo que no fuera suficientemente buena, como el canto o su pobre dominio del inglés.

A partir de aquí voy a hacer solo un repaso por encima a su vida posterior porque los acontecimientos dejan de ser tan importantes y determinantes para convertirla en la estrella que fue.

 
En general, tuvo una suerte variable con las películas en las que apareció, algunas fueron más reseñables, otras fracasaron estrepitosamente. En la mayoría de los casos por culpa de Mayer, que se negaba a darle los papeles que ella pedía y que después terminaban convirtiéndose en éxitos de taquilla, como ocurrió con Casablanca, que ella quiso haber protagonizado. Por el contrario, Mayer se empeñaba en dirigirla a fragrantes fiascos o papeles que la encasillaban en el papel de bellísima y exótica espía extranjera. Inevitablemente, el público también comenzó a encasillarla y muchos le veían poco más que ofrecer aparte de su belleza.


La cara dura de Mayer no terminaba ahí, sino que se empeñaba en controlar la vida personal y sentimental de sus actrices para sacar el máximo provecho de ellas. Fue por esto que para contraer matrimonio con su segundo marido, Gene Markey, Hedy optó en casarse en secreto con él, para así arruinarle a un desprevenido Mayer la exclusiva y la publicidad que hubiera montado a su alrededor.

 
Cansada de esta situación y de estar bajo las estrictas órdenes de Mayer, finalmente rompería el contrato con él y fundaría su propia productora para tener el máximo domino posible sobre las películas que ella misma protagonizaría. Desafortunadamente, en su mayor medida fueron un fracaso.
En lo relativo a su vida personal, dado que su marido había perdido la custodia de sus hijos de otro matrimonio, Hedy le propuso adoptar a un niño, Jimmy. Pero si había otro terreno en el que ella tampoco tenía suerte ese era el amor. Su matrimonio se rompió y él no mostró el más mínimo interés en mantener el contacto con el niño, por cuya custodia Hedy tuvo que luchar con tesón para evitar que los Servicios Sociales lo apartaran de ella.

 
En otro lado de los acontecimientos, el estallido de la Segunda Guerra Mundial la sumiría en una profunda intranquilidad y preocupación por el futuro que le deparaba a su patria natal bajo el dominio nazi, pues además su familia era judía. Su madre primero se exilió a Inglaterra y, tras la constante y repetida insistencia de Hedy terminó por trasladarse a vivir con ella en Estados Unidos. Presa del desasosiego por el avance de la guerra, rescató su vena inventora y comenzó a trabajar incasablemente cada noche en algo que ayudara a los americanos a invertir el rumbo de los acontecimientos. En 1942 patentó junto a su amigo el músico George Antheil un sistema de comunicaciones secreto en su empeño por ayudar a Estados Unidos a cambiar el rumbo de la Segunda Guerra Mundial, pero, como no, sus intentos fueron ridiculizados e ignorados por provenir de una mujer, la cual, según ellos, si realmente quería ayudar al país debía limitarse a seguir siendo la cara bonita que todos veían en pantalla para alegrarle la vista a los soldados. Honestamente, para cualquiera que la critique por no haber perseverado en su talento como inventora, ¿acaso oír eso no os desmotivaría a vosotros?

 
Durante los años venideros, Hedy se casaría de nuevo —hasta alcanzar un total de seis matrimonios y divorcios— y tendría dos hijos, Denise y Anthony, esta vez sí engendrados por ella y su tercer marido, John Loder. Una vez más, el padre de estos también se desentendería de ellos tras el divorcio, dejando a Hedy como madre soltera que debía hacer malabarismos para compaginar su papel como madre con el de actriz y el de amante y esposa de los fracasos amorosos que vendrían después.

No fue hasta que ya había entrado en la treintena que una de las películas que protagonizó realmente tuvo un éxito estimable y la encumbró en lo que constituiría el mayor éxito de su carrera, el filme histórico Sansón y Dalila (1949), que destacó sobre todo por la opulencia del vestuario y el decorado, en cuya configuración ayudó la propia Hedy. No obstante, si bien hoy en día apreciamos que una mujer verbalizara su opinión y luchara por tener voz y voto en aquello en lo que trabajaba, en su tiempo le granjeó la mala fama de ser una estrella exigente e insufrible con la que era incómodo trabajar. Eso, sumado a sus escándalos amorosos, la hacía verse como una actriz realmente problemática.

 
 Tras esta película, comenzó el declive de su carrera, inevitable en toda estrella hollywoodiense de más de treinta años. Sus sucesivas apariciones en la gran pantalla pasarían sin pena ni gloria en términos generales. Esto se vio acompañado por un declive también en su vida personal, arrojándose a un matrimonio tras otro, de los que eventualmente terminaba por aburrirse al desaparecer la chispa. Asimismo, la relación con su hijo adoptivo Jimmy se fue enfriando al notar este que ella no le profesaba el mismo amor y atención a él que a sus hijos biológicos, por lo que sería él mismo, a sus 12 años, el que decidiría abandonarla y quedar bajo la tutela de otra mujer. Hedy lo dejaría marchar sin muchas objeciones. 

 
Su salud mental comenzó a empeorar significativamente y las sesiones de terapia se vieron acompañadas por el consumo de pastillas. Nada de esto frenó su declive personal y, según cumplía años, el pánico por envejecer y dejar de ser contratada la llevó a someterse a una operación de cirugía estética tras otra.

 
A sus cincuenta y sesenta años ya estaba retirada del cine y mentalmente también significativamente desquiciada, y solo se dejaba ver en ciertos programas de televisión de los que también empezaría a renegar por la imagen sensacionalista que siempre trataban de ofrecer de ella. Lo mismo sucedió con su autobiografía Éxtasis y yo, redactada por escritores fantasma basándose —supuestamente— en entrevistas previas. Sus desequilibrios mentales realmente ya hacían estragos en su forma de comunicarse, y eso se añadió a las licencias personales que los redactores se tomaron a la hora de expresar lo que ella les contaba, interpretándolo a su manera. En consecuencia, el libro causó revuelo y, sobre todo, el más profundo desagrado y escándalo en la propia Hedy, que no podía creer lo que leía sobre su vida, y que, supuestamente, se basada en palabras que habían surgido de su boca. Sin embargo, la obra sirvió para darle la notoriedad y publicidad que ella tanto echaba en falta tras haber caído en el olvido al haber abandonado el cine. 

 
En lo relativo a su invento de comunicaciones inalámbricas a larga distancia, a pesar de que si sería empleado a partir de los años 60, no se le daría a Lamarr el reconocimiento que merecía hasta finales del siglo XX, cuando le otorgaron un par de premios por su contribución a la Ciencia. Demasiado poco y demasiado tarde. Hedy, ya anciana, mandó a su hijo a recogerlo. Ella ya no estaba en condiciones y su vanidad seguía ahí, por lo que no quería que los medios se hicieran eco de su estado demacrado. A fin de cuentas, por desgracia durante décadas su cara bonita era lo único que alguna vez le había importado a la gente de su persona. En las últimas décadas, ese sistema diseñado por ella y Antheil ha servido como base para dar lugar a lo que hoy conocemos como bluetooth, GPS y WI-FI.

 
Tan solo unas semanas después de comenzar el siglo XXI, Hedy falleció de un ataque al corazón. Estoy segura de que hubiera estado encantada de comprobar cómo, tras su muerte, al fin volvía a estar en boca de todos.

Yo ya sabía lo básico de ella desde hace unos años, he incluso hice una redacción sobre ella en inglés para mis clases, no obstante, mi conocimiento sobre su vida era sumamente limitado y lo poco que aprendí para aquella redacción ya apenas lo recordaba.

 
Me ha resultado una lectura realmente amena, de hecho se me ha hecho más breve que la biografía de Mary Shelley, a pesar de que la vida de esta última me resultó más interesante (también muchísimo más trágica).

 
Si tuviera que resumir la esencia de Hedy, o la idea básica que el libro nos ofrece sobre ella, podría describirla como el continuo y esforzado empeño de una mujer ambiciosa por hacerse un hueco en los puestos más altos del star system del Hollywood de la primera mitad del siglo XX, por hacerse respetar y por crearse un nombre y un legado que dejar a la posteridad. Y lo consiguió, si bien los resultados de su lucha no fueron tan fructíferos como ella hubiera querido y, sobre todo, tan inmediatos.

 
Una de las cosas que más podrían molestar de su personalidad es su vanidad, que, por otro lado, a mí no me molesta especialmente. Es cierto que era muy consciente de su belleza, que no dudaba en usarla para su beneficio y cuyo declive la obsesionó traumáticamente cuando esta empezó a marchitarse con el paso de los años. Pero, honestamente, ¿acaso no es esto algo sumamente humano y comprensible? Desgraciadamente, era su belleza su fuente de éxito, por lo que resulta normal que a ella le obsesionara su mantenimiento. Por triste que sea, estaba en juego su carrera. 

 
Nadie dice que no fuera buena actriz —no puedo opinar nada al respecto porque si bien me interesaba su vida nunca me propuse ponerme a ver ninguna de sus películas— pero, de la propia biografía se saca en claro que fueron su belleza (y su tesón, por supuesto) lo que la introdujo en el mundo del cine y lo que atrajo al público de su época de ella, así como el halo de misterio y distancia que le confería el hecho de ser extranjera.

 
Si me parece más acusable su volubilidad, sus decisiones repentinas y precipitadas y su rápido encaprichamiento y desencaprichamiento de los hombres. No porque no tuviera todo el derecho del mundo a vivir su vida amorosa como lo hacía, que lo tenía aunque en esa época no se consideraba así, sino porque el hecho de que tuviera un total de seis maridos y que ninguno de ellos le durara más que unos escasos años dice mucho de lo inconformista y caprichosa que era en el amor, y de su tenencia a despachar maridos en cuento se aburría de ellos o se pagaba la llama. También es cierto que ellos no parecían ser merecedores de mucho más. En su mayoría eran hombres dominantes y agresivos con ella, o sumamente pasivos e imperturbables, a los que nada parecía importarles, ni siquiera ella. Viéndose en esa situación, se comprende que ella no quisiera seguir con ellos una vez agotado el enamoramiento inicial.

 
Pero a nivel personal o privado, lo que sin duda más me molestó de ella fue que mostrara un desapego tan evidente hacia su hijo adoptivo en cuanto nacieron sus hijos biológicos, hasta el punto que hasta el pobre niño fuera tan consciente de ello que deseara abandonarla. Desde luego en ese aspecto estaba muy lejos de ser la madre número uno.

 
A nivel artístico o público, la mayor pega que puedo ponerle es que no desarrollara más su faceta más intelectual, pero, siendo honesta, lo entiendo perfectamente porque en su tiempo nada de lo que ella quisiera aportar en ese terreno parecía ser merecedor de la más mínima consideración. Aunque ella hubiera querido forjarse un nombre como inventora, no se lo hubieran puesto nada fácil por su condición de mujer, sumado a la imagen de frivolidad que confiere el hecho de ser actriz.

 

 


viernes, 11 de junio de 2021

Opinión sobre la película "Cruella" (2021)

Calificación: 8’5/10

Esta no era una de esas películas por las que yo llevaba meses (o años) esperando por su lanzamiento, sino que me enteré de su existencia por pura casualidad hace unas semanas mientras buscaba las nuevas fechas de estreno de Viuda Negra y La Cenicienta (2021), dos filmes por los que sí que llevo esperando una barbaridad de tiempo y cuya fecha ha sufrido innumerables postergaciones debido a la pandemia.

Cruella (2021) me resultó interesante y, dado que suelen gustarme las adaptaciones live-action de clásicos de Disney, decidí darle la oportunidad y verla en cines, aprovechando que su estreno era tan solo un par de días antes de mis oposiciones, por lo que podía esperar tranquila a haber hecho el examen sin miedo a que ya la hubieran retirado de la cartelera.

Mientras que los live-action de La Cenicienta (2015) o de La Bella y la Bestia (2017) sí que eran adaptaciones al uso, re-narrando los acontecimientos de las películas originales con actores de carne y hueso (con sus pequeños cambios y modificaciones, por supuesto); en este caso, no hablamos de una re-narración de Los 101 Dálmatas (1961). Como el propio nombre indica, con Cruella tenemos ante nosotros lo que más bien constituiría una precuela que nos explica los orígenes de la villana de dicha historia y qué pasado tuvo que la llevó a ser la pérfida detractora de esta simpática raza de perros. Bueno… más o menos. Porque tal y como ocurrió con Maléfica (2014), veremos que en este caso Cruella también es dulcificada convirtiéndola en una versión muchísimo menos malvada que la idea que tenemos de ella.

 

La pequeña Estella Miller (Emma Roberts), apodada Cruella por su madre por su carácter problemático y feroz, se convierte en una ladrona tras el trágico fallecimiento de esta —en el que entran en juego los dálmatas a los que tanta manía les cogerá— con la ayuda de otros dos pillos, Jasper (Joel Fry) y Horace (Paul Walter Hauser). Diez años después, conseguirá un empleo relacionado con su mayor pasión, la moda, al servicio de la mezquina Baronesa Von Hellman (Emma Thompson), que sin duda es la verdadera villana de esta película. Una serie de revelaciones que tienen que ver con su pasado y el fallecimiento de su madre darán un vuelco a la vida de Estella, llevándola a dejar a un lado sus intenciones de ser la chica buena que su madre siempre quiso en ella y sacar a esa Cruella interna que ansía venganza.

Mis expectativas eran moderadas, sentía que podía agradarme por razones antes expuestas pero tampoco pensé que fuera a conquistarme tanto como lo hizo. Porque me gustó, y mucho.

Tal y como sucede muy a menudo, va enganchando según avanzan los minutos, así que no esperéis que os atrape desde el primer momento. Según ves, más te metes en la historia.

El hecho de que carezca por completo de romance es algo que, lejos de molestarme, me entusiasma, porque se hace realmente repetitivo que la protagonista siempre tenga que encontrar al amor de su vida durante el curso de la acción. Aquí nos ahorran ese lado de la trama tan sumamente trillado. Tampoco puede considerarse una película de fantasía, pues ninguno de los acontecimientos tiene ningún tipo de explicación mágica.

Es una película de acción criminal y, sobre todo, humor. Se logra un adecuado equilibrio entre ambos, si bien podría decirse que pesa más el segundo. Realmente valoro que se incida en la comedia y que el filme tenga un desarrollo liviano y ligero, reduciendo sus puntos dramáticos al máximo (hay giros dramáticos en la trama pero nunca se recrean en ellos ni apuntan directamente a tu sensibilidad ni lo más mínimo). No obstante, tampoco esperéis moriros de la risa. Carece de grandísimos golpes humorísticos que te hagan estallar en carcajadas y requerir un baño con urgencia para no orinarte encima. Se trata más bien de una dinámica cómica constante y prologada pero ejecutada de forma suave y previsible.

¿La razón? Probablemente que el guion carece de la fuerza necesaria tanto para el lado humorístico como el dramático de la película. Es, quizá, la única debilidad de esta —por todo lo demás— gran película. Sí, su mayor punto flaco es el guion, que no es que sea precisamente extraordinario. No esperéis diálogos fascinantes, sino más bien reguleros y facilones. Pero ¿sabéis qué? Que tampoco es que eso importe lo más mínimo en este caso. Somos conscientes de la clase de película que vamos a ver, sabemos que es una precuela de un clásico de Disney, así que tampoco es que nadie esperara un guion merecedor de un Óscar (y si lo esperan, problema suyo, no de la película, pues el tráiler es muy transparente respecto de lo que va a ofrecer a sus espectadores).

Con eso terminaría mi único criticismo y pasaríamos a la ronda de alabanzas, porque por todo lo demás, la película es extraordinaria. Lo que más destacaría, sin duda alguna, es su cuidada estética. El vestuario, peluquería, la escenografía, los decorados… en definitiva, el aspecto visual del filme es sencillamente delicioso, y alcanzan su punto álgido en cada una de las apariciones sorpresa que Cruella ejecuta ante una sorprendida y rabiosa Baronesa von Hellman… y también en los créditos finales de la película, que sin duda no os podéis perder. También se hace sumamente evidente ante nuestros ojos cómo el vestuario de Estella se va refinando desde su estilo grunge inicial, según trabaja al servicio de la sofisticada baronesa.

Dado que los acontecimientos tienen lugar durante la década de los 70, no solo la moda refleja esta época, sino que la banda sonora se nutre de clásicos rock de aquel entonces, pues además el propio carácter y apariencia de la película y de su personaje principal es muy rockero/punk. Esto sin duda, aunque para mí no influya demasiado, sí será un punto a favor para que los amantes de esa década se animen a verla.

La escena post-créditos —que apuesto a que no os perderéis porque los propios créditos son tan bellos que os dejarán con el trasero pegado al asiento—, es muy sencilla y en apariencia intrascendente, pero a su vez sumamente inteligente porque deja la puerta abierta a una continuación (lo que ya sí constituiría la historia de Los 101 dálmatas) pero a su vez no supone un evidente y cantoso cliffhanger que moleste si finalmente esta no se lleva a cabo.

Poco más se me ocurre decir de esta gran película, que si bien ha tenido muchos detractores entre la crítica —snobs hay en todos lados—, está siendo considerada por muchas personas como el mejor live-action de Disney que se ha hecho, aunque en términos generales lo que más se está aplaudiendo son las interpretaciones realizadas por las dos Emmas, que sin duda ya eran actrices sumamente consagradas y alabadas antes de esto. En cuanto a mí, yo pensaba que ninguna podría disputarle el primer puesto a La Cenicienta de 2015 o a La Bella y la Bestia (2017) con mi estimada Emma Watson, pero ahora ya no estoy tan segura.

 

Fuentes de las imágenes:

https://lumiere-a.akamaihd.net/v1/images/image_7ff71125.jpeg?region=0%2C0%2C540%2C810

https://cinesimf.com/uploads/peliculas/f03f089b498b49ef460b1f91e8936190.jpg

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domingo, 16 de mayo de 2021

Biografía "Mary Shelley: la visionaria escritora que concibió con su pluma la ciencia ficción"

Hoy os traigo una publicación un poco diferente.

El mes pasado, antes de comenzar el horrible descenso a los infiernos que supuso la publicación de la fecha de mis oposiciones (que ahora me ocupan el 75% del tiempo en el que estoy despierta), me leí una biografía de Mary Shelley, la autora de la mítica novela Frankenstein.

En concreto se trata de Mary Shelley: la visionaria escritora que concibió con su pluma la ciencia ficción (2019), redactado por Eva Díaz Riobello y perteneciente a RBA Coleccionables.

El libro pertenece a la Colección Grandes Mujeres que fue lanzada en Kioscos hace un par de años. Adquirí varias de ellas, y llevaba desde entonces tratando de buscarles un hueco entre mis lecturas, sin éxito.

 

Finalmente, tras terminar Sol de medianoche, decidí empezar con ellas siguiendo un orden basado en mi interés particular. Tras finalizar este tomo, estaba dispuesta a comenzar con la biografía de Hedy Lamarr hasta que la noticia de la recta final de mis oposiciones me obligó a hacer un alto en gran parte de mis actividades de ocio que se va a prolongar mínimo un par de semanas más. Ni siquiera logré forzar un hueco para subir esta reseña —que redacté poco después de terminar el libro— hasta ahora.

Si digo que hoy no os traigo una reseña al uso es porque no voy a centrarme en evaluar la obra en sí, pues a fin de cuentas no se trata de una novela sino de una biografía, si no en hacer un repaso por lo que esta nos enseña, es decir, por la —trágica— vida de Mary Shelley. Para este fin, el libro en cuestión se ayuda de una serie de pasajes del diario personal de Mary.

 

 Mary Wollstonecraft Godwin fue la hija de los filósofos Mary Wollstonecraft (una de las propulsoras del feminismo, autora de Vindicación de los Derechos de la Mujer) y William Godwin. Nació en Londres en 1797, once días antes del fallecimiento de su madre producido por una infección contraída durante el parto. Su padre volvió a casarse con una mujer opuestamente diferente a quien había sido el amor de su vida. Esta señora, Mary Jane Clairmont, sería el prototipo de madrastra que traería a la pequeña Mary de cabeza durante su vida. Ella aportó al matrimonio hijos previos, Charles y Claire Clairmont —quien acabaría acompañando a Mary en muchas de sus peripecias por el mundo—, que se sumarían a la pequeña Mary y a Fanny, la hija que Mary Wollstonecraft había tenido con otro hombre antes de casarse con William. Después, William y ella concibieron uno mutuo, al que llamaron en honor de él.

Cuando Mary tenía 17 años de edad se enamoró de Percy Shelley, un joven poeta casado que compartía los ideales liberales de William Godwin, quien le invitaba a menudo a charlar y filosofar en su casa. Ante la oposición de sus familias a su romance, decidieron fugarse juntos en 1814 a Francia, no sin llevarse con ellos a Claire, quien también estaba deseosa de salir del hogar familiar.

Los tres juntos vieron mundo, hicieron amigos intelectuales, cambiaron constantemente de residencia y escaparon de las habladurías que habían dejado a su paso y de la furia que habían despertado en su familia. Era inconcebible que un hombre casado y con hijos y una mujer que no era su esposa cohabitaran, y eso era motivo suficiente para que su reputación se viera arruinada de por vida. Vivían todo esto sin dejar de enviarle dinero a William Godwin, que se hallaba casi en la ruina, y que prácticamente solo escribía a su hija para pedirle dinero a su novio.

Al año siguiente de su fuga Mary se quedó encinta por primera vez, pero su hija fallecería a las pocas semanas de vida tras el parto. Ese sería solo el principio de las innumerables desgracias y tragedias que tendría que enfrentar a lo largo de su vida. Poco sabía de todo lo que estaba por venir.

Durante una estancia en Suiza en 1816, forjaron una estrecha amistad con el reconocido poeta Lord Byron, del que hablaré después porque no se merece irse de rositas. Durante una velada en su casa junto a John Polidori, todos ellos menos Claire aceptaron un reto: escribir una novela “de fantasmas”, en el sentido que ahora entenderíamos como terror y suspense. Fue ese el germen de la gran obra que Mary trabajaría durante dos años más y que le ha asegurado un nombre entre los precursores de la ciencia ficción en la actualidad: nada más y nada menos que la historia de Frankenstein.

Poco después, dos tragedias más sacudirían a la pareja: los suicidios de Fanny, una de las hermanastras de Mary, y el de Harriet, la esposa abandonada de Percy —el cual además no logró hacerse con la custodia de sus hijos—. En un lado más afortunado de los acontecimientos, ese año Mary y Percy también alumbrarían su primer hijo varón, William; contraerían matrimonio para poder reclamar la tutela de los hijos anteriores de Percy —que aun así les sería denegada— y concebirían a su hija Clara.  Mary, además, publicaría su primera obra, Historia de un viaje de seis semanas (1817), acerca de la época más reciente de su vida. Frankenstein fue finalmente publicada anónimamente en 1818. Sí, anónimamente, porque en aquel entonces que una mujer se atreviera a firmar su obra era equivalente al más que seguro fracaso comercial de la misma y garantía del desprecio de la crítica.

Para entender muchas cosas convendría señalar algunos rasgos básicos del comportamiento de Percy Shelley. En primer lugar, era un “culo inquieto” y no aguantaba mucho tiempo residiendo en el mismo lugar. Eso le llevó a persuadir a Mary para trasladarse a Italia, arduo viaje que le costó la vida a su bebé Clara, que estaba atravesando unas condiciones muy delicadas de salud. Tan solo un año después, fallecería también su otro hijo.

En segundo lugar, no solo los atrevidos ideales de Percy en relación al amor harían que Mary tuviera que sufrir por su parte infidelidades y encaprichamientos con otras jóvenes cada vez que él se aburría en su matrimonio, sino que para colmo haría indirectamente responsable de esto a la propia Mary solo por hallarse en un estado de desapego y depresión perfectamente comprensibles teniendo en cuenta que en menos de cuatro años había perdido a tres hijos.

Ese mismo año, Mary se refugiaría en la literatura una vez más como su balsa de seguridad y publicaría Mathilda (1819). Además, sufriría un aborto natural de su cuarto hijo y se quedaría embarazada por quinta y última vez del único hijo que la sobreviviría; Percy Florence.

No obstante, las desgracias distaban mucho de llegar a su fin. En 1922 su marido Percy Shelley, que había formado una especie de grupillo de aficionados a la navegación, moriría al naufragar su barco en una de sus salidas por diversión. En el mismo viaje falleció también el marido de su amiga Jane, a quien se uniría más que nunca durante el duelo, si bien años después Jane se descubriría como una amiga falsa que la ponía verde a sus espaldas. Asimismo, todos los amigos que había hecho durante su matrimonio le acabarían dando la espalda tarde o temprano, pues Percy Shelley era el vínculo que realmente los unía y, además, ellos mostrarían un intolerante desacuerdo acerca de las decisiones que Mary tomaría más adelante en relación con la publicación de las obras de su difunto esposo.

Entre 1823 y 1830 publicaría, ya de vuelta en Inglaterra, sus obras Valperga, El último hombre y La suerte de Perkin Warbeck, mientras criaba a su adorado hijo Percy Florence, a quien trataba infructuosamente de inculcar su amor por la literatura. También redactó biografías de Los científicos y escritores más eminentes como colaboración con The Cabinet Cyclopaedia, que se negó en redondo a la propuesta de Mary de incluir la biografía de alguna mujer relevante.

Durante los años venideros, todavía tuvo que enfrentar la muerte de su padre, William Godwin —quien no se había reconciliado con su hija hasta que ella dignificó su unión con Percy con el matrimonio, a pesar de que William siempre había renegado de este sacramento—, la lucha con su suegro para que este dotara a su nieto de unos ingresos de manutención suficientes, así como diversos intentos de chantaje que trataban de arrebatarle el poco dinero que había conseguido ahorrar.

Entre 1835 y 1940 publicó sus novelas Lodore y Falkner y sus Caminatas en Alemania e Italia, esta última relatando los viajes que realizó en compañía de su hijo y de los amigos de este. Ocho años después se trasladaría con su hijo y la encantadora esposa de este a la mansión que el suegro de Mary finalmente le legó a su nieto tras su muerte a pesar de la escasa relación que habían mantenido. Por aquel entonces Mary padecía una parálisis que iba en aumento e iría limitando sus movimientos a pasos agigantados, a causa de un tumor cerebral no detectado. Finalmente, en 1851, Mary Shelley falleció a los 53 años y fue enterrada por deseo suyo junto a los restos de sus padres.

 

Si tuviera que encontrar algún defecto en Mary Shelley sería, por una parte, lo extremamente cegada de amor que estaba con Percy, lo cual se traducía en una excesiva sumisión hacia él (nada extraña en una mujer de su época, por una parte, pero sí en alguien de ideas tan supuestamente transgresoras y liberales como las suyas).

Del mismo modo, no puedo olvidar hacer referencia a la extrema hipocresía de su padre quien, si bien la crió y educó en la tolerancia al amor liberal y la crítica al yugo del matrimonio, le retiró la palabra cuando ella se fugó con Percy sin estar casada y no la perdonó hasta que contrajo matrimonio con él. Parece que sus ideas podían hacerse extensibles a todo el mundo, con la salvedad de su hija.

Un poco caradura también era Claire, la hermanastra de Mary, que se les pegó como una lapa a la pareja durante los años siguientes a su fuga hasta el punto de casi pasar a ser tres en el matrimonio.

Claro que nadie figura en su biografía que sea tan sumamente despreciable como Lord Byron. Cuando en 2017 vi la película Mary Shelley protagonizada por Elle Fanning, me llevé una gran decepción con él, porque, por muy buen poeta que fuera, tenía unos principios que dejaban mucho que desear. Pero lo que no podía ni imaginar era lo mucho que la película había suavizado su inmoralidad, como he descubierto años después al leer este libro.

Tras seducir a Claire y dejarla embarazada, Lord Byron se desentendió completamente de ella y del bebé. Cuando Claire reclamó recibir algún tipo de ayuda económica para poder criarla, él solo accedió con la condición de arrebatarle a la niña (a quien además rebautizó porque no le gustó el nombre elegido por su madre) y que Claire no pudiera volver a verla. No obstante, su intención no era ni mucho menos criarla él, sino que se la pasó como si de mercancía se tratara a unos conocidos para que se ocuparan de ella, la cual acabó yendo a parar a un convento, donde no mucho tiempo después falleció. Todo sin que Claire hubiera podido verla crecer. Pero esto es solo un resumen sintético de las numerosas conductas abominables que Lord Byron se traía entre manos.

 

Para concluir, en relación a cómo está escrita la biografía, señalaría a su favor la amenidad de su lectura y la conveniencia de la adicción de una útil cronología al final. Por otro lado, no me convence tanto que en ocasiones se distancie de la objetividad y neutralidad que se espera en este tipo de obras y tire de ficción en su descripción de ciertos detalles sin importancia, como si se tratara del guion de una película.

 

 

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