Hoy os traigo una
publicación un poco diferente.
El mes pasado, antes
de comenzar el horrible descenso a los infiernos que supuso la publicación de
la fecha de mis oposiciones (que ahora me ocupan el 75% del tiempo en el que
estoy despierta), me leí una biografía de Mary Shelley, la autora de la mítica
novela Frankenstein.
En concreto se trata
de Mary Shelley: la visionaria escritora
que concibió con su pluma la ciencia ficción (2019), redactado por Eva Díaz
Riobello y perteneciente a RBA Coleccionables.
El libro pertenece a la Colección Grandes Mujeres que fue lanzada en Kioscos
hace un par de años. Adquirí varias de ellas, y llevaba desde entonces tratando
de buscarles un hueco entre mis lecturas, sin éxito.
Finalmente, tras
terminar Sol de medianoche, decidí
empezar con ellas siguiendo un orden basado en mi interés particular. Tras finalizar
este tomo, estaba dispuesta a comenzar con la biografía de Hedy Lamarr hasta
que la noticia de la recta final de mis oposiciones me obligó a hacer un alto
en gran parte de mis actividades de ocio que se va a prolongar mínimo un par de
semanas más. Ni siquiera logré forzar un hueco para subir esta reseña —que
redacté poco después de terminar el libro— hasta ahora.
Si digo que hoy no os
traigo una reseña al uso es porque no voy a centrarme en evaluar la obra en sí,
pues a fin de cuentas no se trata de una novela sino de una biografía, si no en
hacer un repaso por lo que esta nos enseña, es decir, por la —trágica— vida de
Mary Shelley. Para este fin, el libro en cuestión se ayuda de una serie de
pasajes del diario personal de Mary.

Mary Wollstonecraft
Godwin fue la hija de los filósofos Mary Wollstonecraft (una de las propulsoras
del feminismo, autora de Vindicación de
los Derechos de la Mujer) y William Godwin. Nació en Londres en 1797, once
días antes del fallecimiento de su madre producido por una infección contraída
durante el parto. Su padre volvió a casarse con una mujer opuestamente
diferente a quien había sido el amor de su vida. Esta señora, Mary Jane
Clairmont, sería el prototipo de madrastra que traería a la pequeña Mary de
cabeza durante su vida. Ella aportó al matrimonio hijos previos, Charles y
Claire Clairmont —quien acabaría acompañando a Mary en muchas de sus peripecias
por el mundo—, que se sumarían a la pequeña Mary y a Fanny, la hija que Mary Wollstonecraft
había tenido con otro hombre antes de casarse con William. Después, William y ella
concibieron uno mutuo, al que llamaron en honor de él.
Cuando Mary tenía 17
años de edad se enamoró de Percy Shelley, un joven poeta casado que compartía
los ideales liberales de William Godwin, quien le invitaba a menudo a charlar y
filosofar en su casa. Ante la oposición de sus familias a su romance,
decidieron fugarse juntos en 1814 a Francia, no sin llevarse con ellos a
Claire, quien también estaba deseosa de salir del hogar familiar.
Los tres juntos
vieron mundo, hicieron amigos intelectuales, cambiaron constantemente de
residencia y escaparon de las habladurías que habían dejado a su paso y de la
furia que habían despertado en su familia. Era inconcebible que un hombre casado
y con hijos y una mujer que no era su esposa cohabitaran, y eso era motivo
suficiente para que su reputación se viera arruinada de por vida. Vivían todo
esto sin dejar de enviarle dinero a William Godwin, que se hallaba casi en la
ruina, y que prácticamente solo escribía a su hija para pedirle dinero a su
novio.
Al año siguiente de su
fuga Mary se quedó encinta por primera vez, pero su hija fallecería a las pocas
semanas de vida tras el parto. Ese sería solo el principio de las innumerables
desgracias y tragedias que tendría que enfrentar a lo largo de su vida. Poco
sabía de todo lo que estaba por venir.
Durante una estancia
en Suiza en 1816, forjaron una estrecha amistad con el reconocido poeta Lord
Byron, del que hablaré después porque no se merece irse de rositas. Durante una
velada en su casa junto a John Polidori, todos ellos menos Claire aceptaron un
reto: escribir una novela “de fantasmas”, en el sentido que ahora entenderíamos
como terror y suspense. Fue ese el germen de la gran obra que Mary trabajaría
durante dos años más y que le ha asegurado un nombre entre los precursores de
la ciencia ficción en la actualidad: nada más y nada menos que la historia de Frankenstein.
Poco después, dos
tragedias más sacudirían a la pareja: los suicidios de Fanny, una de las
hermanastras de Mary, y el de Harriet, la esposa abandonada de Percy —el cual
además no logró hacerse con la custodia de sus hijos—. En un lado más
afortunado de los acontecimientos, ese año Mary y Percy también alumbrarían su
primer hijo varón, William; contraerían matrimonio para poder reclamar la tutela de los hijos anteriores de Percy —que aun así les sería denegada— y concebirían a su hija Clara. Mary, además,
publicaría su primera obra, Historia de
un viaje de seis semanas (1817), acerca
de la época más reciente de su vida. Frankenstein
fue finalmente publicada anónimamente en 1818. Sí, anónimamente, porque en
aquel entonces que una mujer se atreviera a firmar su obra era equivalente al
más que seguro fracaso comercial de la misma y garantía del desprecio de la
crítica.
Para entender muchas
cosas convendría señalar algunos rasgos básicos del comportamiento de Percy
Shelley. En primer lugar, era un “culo inquieto” y no aguantaba mucho tiempo
residiendo en el mismo lugar. Eso le llevó a persuadir a Mary para trasladarse
a Italia, arduo viaje que le costó la vida a su bebé Clara, que estaba
atravesando unas condiciones muy delicadas de salud. Tan solo un año después,
fallecería también su otro hijo.
En segundo lugar, no
solo los atrevidos ideales de Percy en relación al amor harían que Mary tuviera
que sufrir por su parte infidelidades y encaprichamientos con otras jóvenes
cada vez que él se aburría en su matrimonio, sino que para colmo haría
indirectamente responsable de esto a la propia Mary solo por hallarse en un
estado de desapego y depresión perfectamente comprensibles teniendo en cuenta
que en menos de cuatro años había perdido a tres hijos.
Ese mismo año, Mary se
refugiaría en la literatura una vez más como su balsa de seguridad y publicaría
Mathilda (1819). Además, sufriría un
aborto natural de su cuarto hijo y se quedaría embarazada por quinta y última
vez del único hijo que la sobreviviría; Percy Florence.
No obstante, las desgracias
distaban mucho de llegar a su fin. En 1922 su marido Percy Shelley, que había
formado una especie de grupillo de aficionados a la navegación, moriría al
naufragar su barco en una de sus salidas por diversión. En el mismo viaje
falleció también el marido de su amiga Jane, a quien se uniría más que nunca durante
el duelo, si bien años después Jane se descubriría como una amiga falsa que la
ponía verde a sus espaldas. Asimismo, todos los amigos que había hecho durante su
matrimonio le acabarían dando la espalda tarde o temprano, pues Percy Shelley
era el vínculo que realmente los unía y, además, ellos mostrarían un
intolerante desacuerdo acerca de las decisiones que Mary tomaría más adelante
en relación con la publicación de las obras de su difunto esposo.
Entre 1823 y 1830
publicaría, ya de vuelta en Inglaterra, sus obras Valperga, El último hombre y La suerte de Perkin Warbeck, mientras criaba a su adorado hijo Percy Florence, a
quien trataba infructuosamente de inculcar su amor por la literatura. También redactó biografías de Los científicos y escritores más eminentes
como colaboración con The Cabinet
Cyclopaedia, que se negó en redondo a la propuesta de Mary de incluir la
biografía de alguna mujer relevante.
Durante los años
venideros, todavía tuvo que enfrentar la muerte de su padre, William Godwin —quien no se había reconciliado con su hija hasta que ella dignificó su unión con Percy con el matrimonio, a pesar de que William siempre había renegado de este sacramento—, la
lucha con su suegro para que este dotara a su nieto de unos ingresos de
manutención suficientes, así como diversos intentos de chantaje que trataban de
arrebatarle el poco dinero que había conseguido ahorrar.
Entre 1835 y 1940
publicó sus novelas Lodore y Falkner y sus Caminatas en Alemania e Italia, esta última relatando los viajes
que realizó en compañía de su hijo y de los amigos de este. Ocho años después
se trasladaría con su hijo y la encantadora esposa de este a la mansión que el
suegro de Mary finalmente le legó a su nieto tras su muerte a pesar de la
escasa relación que habían mantenido. Por aquel entonces Mary padecía una
parálisis que iba en aumento e iría limitando sus movimientos a pasos
agigantados, a causa de un tumor cerebral no detectado. Finalmente, en 1851,
Mary Shelley falleció a los 53 años y fue enterrada por deseo suyo junto a los
restos de sus padres.
Si tuviera que encontrar
algún defecto en Mary Shelley sería, por una parte, lo extremamente cegada de
amor que estaba con Percy, lo cual se traducía en una excesiva sumisión hacia
él (nada extraña en una mujer de su época, por una parte, pero sí en alguien de
ideas tan supuestamente transgresoras y liberales como las suyas).
Del mismo modo, no
puedo olvidar hacer referencia a la extrema hipocresía de su padre quien, si
bien la crió y educó en la tolerancia al amor liberal y la crítica al yugo del
matrimonio, le retiró la palabra cuando ella se fugó con Percy sin estar casada
y no la perdonó hasta que contrajo matrimonio con él. Parece que sus ideas
podían hacerse extensibles a todo el mundo, con la salvedad de su hija.
Un poco caradura
también era Claire, la hermanastra de Mary, que se les pegó como una lapa a la
pareja durante los años siguientes a su fuga hasta el punto de casi pasar a ser
tres en el matrimonio.
Claro que nadie
figura en su biografía que sea tan sumamente despreciable como Lord Byron. Cuando
en 2017 vi la película Mary Shelley protagonizada
por Elle Fanning, me llevé una gran decepción con él, porque, por muy buen
poeta que fuera, tenía unos principios que dejaban mucho que desear. Pero lo
que no podía ni imaginar era lo mucho que la película había suavizado su
inmoralidad, como he descubierto años después al leer este libro.
Tras seducir a Claire
y dejarla embarazada, Lord Byron se desentendió completamente de ella y del
bebé. Cuando Claire reclamó recibir algún tipo de ayuda económica para poder
criarla, él solo accedió con la condición de arrebatarle a la niña (a quien
además rebautizó porque no le gustó el nombre elegido por su madre) y que
Claire no pudiera volver a verla. No obstante, su intención no era ni mucho
menos criarla él, sino que se la pasó como si de mercancía se tratara a unos
conocidos para que se ocuparan de ella, la cual acabó yendo a parar a un
convento, donde no mucho tiempo después falleció. Todo sin que Claire hubiera
podido verla crecer. Pero esto es solo un resumen sintético de las numerosas
conductas abominables que Lord Byron se traía entre manos.
Para concluir, en
relación a cómo está escrita la biografía, señalaría a su favor la amenidad de
su lectura y la conveniencia de la adicción de una útil cronología al final. Por
otro lado, no me convence tanto que en ocasiones se distancie de la objetividad
y neutralidad que se espera en este tipo de obras y tire de ficción en su
descripción de ciertos detalles sin importancia, como si se tratara del guion
de una película.
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