viernes, 11 de junio de 2021

Opinión sobre la película "Cruella" (2021)

Calificación: 8’5/10

Esta no era una de esas películas por las que yo llevaba meses (o años) esperando por su lanzamiento, sino que me enteré de su existencia por pura casualidad hace unas semanas mientras buscaba las nuevas fechas de estreno de Viuda Negra y La Cenicienta (2021), dos filmes por los que sí que llevo esperando una barbaridad de tiempo y cuya fecha ha sufrido innumerables postergaciones debido a la pandemia.

Cruella (2021) me resultó interesante y, dado que suelen gustarme las adaptaciones live-action de clásicos de Disney, decidí darle la oportunidad y verla en cines, aprovechando que su estreno era tan solo un par de días antes de mis oposiciones, por lo que podía esperar tranquila a haber hecho el examen sin miedo a que ya la hubieran retirado de la cartelera.

Mientras que los live-action de La Cenicienta (2015) o de La Bella y la Bestia (2017) sí que eran adaptaciones al uso, re-narrando los acontecimientos de las películas originales con actores de carne y hueso (con sus pequeños cambios y modificaciones, por supuesto); en este caso, no hablamos de una re-narración de Los 101 Dálmatas (1961). Como el propio nombre indica, con Cruella tenemos ante nosotros lo que más bien constituiría una precuela que nos explica los orígenes de la villana de dicha historia y qué pasado tuvo que la llevó a ser la pérfida detractora de esta simpática raza de perros. Bueno… más o menos. Porque tal y como ocurrió con Maléfica (2014), veremos que en este caso Cruella también es dulcificada convirtiéndola en una versión muchísimo menos malvada que la idea que tenemos de ella.

 

La pequeña Estella Miller (Emma Roberts), apodada Cruella por su madre por su carácter problemático y feroz, se convierte en una ladrona tras el trágico fallecimiento de esta —en el que entran en juego los dálmatas a los que tanta manía les cogerá— con la ayuda de otros dos pillos, Jasper (Joel Fry) y Horace (Paul Walter Hauser). Diez años después, conseguirá un empleo relacionado con su mayor pasión, la moda, al servicio de la mezquina Baronesa Von Hellman (Emma Thompson), que sin duda es la verdadera villana de esta película. Una serie de revelaciones que tienen que ver con su pasado y el fallecimiento de su madre darán un vuelco a la vida de Estella, llevándola a dejar a un lado sus intenciones de ser la chica buena que su madre siempre quiso en ella y sacar a esa Cruella interna que ansía venganza.

Mis expectativas eran moderadas, sentía que podía agradarme por razones antes expuestas pero tampoco pensé que fuera a conquistarme tanto como lo hizo. Porque me gustó, y mucho.

Tal y como sucede muy a menudo, va enganchando según avanzan los minutos, así que no esperéis que os atrape desde el primer momento. Según ves, más te metes en la historia.

El hecho de que carezca por completo de romance es algo que, lejos de molestarme, me entusiasma, porque se hace realmente repetitivo que la protagonista siempre tenga que encontrar al amor de su vida durante el curso de la acción. Aquí nos ahorran ese lado de la trama tan sumamente trillado. Tampoco puede considerarse una película de fantasía, pues ninguno de los acontecimientos tiene ningún tipo de explicación mágica.

Es una película de acción criminal y, sobre todo, humor. Se logra un adecuado equilibrio entre ambos, si bien podría decirse que pesa más el segundo. Realmente valoro que se incida en la comedia y que el filme tenga un desarrollo liviano y ligero, reduciendo sus puntos dramáticos al máximo (hay giros dramáticos en la trama pero nunca se recrean en ellos ni apuntan directamente a tu sensibilidad ni lo más mínimo). No obstante, tampoco esperéis moriros de la risa. Carece de grandísimos golpes humorísticos que te hagan estallar en carcajadas y requerir un baño con urgencia para no orinarte encima. Se trata más bien de una dinámica cómica constante y prologada pero ejecutada de forma suave y previsible.

¿La razón? Probablemente que el guion carece de la fuerza necesaria tanto para el lado humorístico como el dramático de la película. Es, quizá, la única debilidad de esta —por todo lo demás— gran película. Sí, su mayor punto flaco es el guion, que no es que sea precisamente extraordinario. No esperéis diálogos fascinantes, sino más bien reguleros y facilones. Pero ¿sabéis qué? Que tampoco es que eso importe lo más mínimo en este caso. Somos conscientes de la clase de película que vamos a ver, sabemos que es una precuela de un clásico de Disney, así que tampoco es que nadie esperara un guion merecedor de un Óscar (y si lo esperan, problema suyo, no de la película, pues el tráiler es muy transparente respecto de lo que va a ofrecer a sus espectadores).

Con eso terminaría mi único criticismo y pasaríamos a la ronda de alabanzas, porque por todo lo demás, la película es extraordinaria. Lo que más destacaría, sin duda alguna, es su cuidada estética. El vestuario, peluquería, la escenografía, los decorados… en definitiva, el aspecto visual del filme es sencillamente delicioso, y alcanzan su punto álgido en cada una de las apariciones sorpresa que Cruella ejecuta ante una sorprendida y rabiosa Baronesa von Hellman… y también en los créditos finales de la película, que sin duda no os podéis perder. También se hace sumamente evidente ante nuestros ojos cómo el vestuario de Estella se va refinando desde su estilo grunge inicial, según trabaja al servicio de la sofisticada baronesa.

Dado que los acontecimientos tienen lugar durante la década de los 70, no solo la moda refleja esta época, sino que la banda sonora se nutre de clásicos rock de aquel entonces, pues además el propio carácter y apariencia de la película y de su personaje principal es muy rockero/punk. Esto sin duda, aunque para mí no influya demasiado, sí será un punto a favor para que los amantes de esa década se animen a verla.

La escena post-créditos —que apuesto a que no os perderéis porque los propios créditos son tan bellos que os dejarán con el trasero pegado al asiento—, es muy sencilla y en apariencia intrascendente, pero a su vez sumamente inteligente porque deja la puerta abierta a una continuación (lo que ya sí constituiría la historia de Los 101 dálmatas) pero a su vez no supone un evidente y cantoso cliffhanger que moleste si finalmente esta no se lleva a cabo.

Poco más se me ocurre decir de esta gran película, que si bien ha tenido muchos detractores entre la crítica —snobs hay en todos lados—, está siendo considerada por muchas personas como el mejor live-action de Disney que se ha hecho, aunque en términos generales lo que más se está aplaudiendo son las interpretaciones realizadas por las dos Emmas, que sin duda ya eran actrices sumamente consagradas y alabadas antes de esto. En cuanto a mí, yo pensaba que ninguna podría disputarle el primer puesto a La Cenicienta de 2015 o a La Bella y la Bestia (2017) con mi estimada Emma Watson, pero ahora ya no estoy tan segura.

 

Fuentes de las imágenes:

https://lumiere-a.akamaihd.net/v1/images/image_7ff71125.jpeg?region=0%2C0%2C540%2C810

https://cinesimf.com/uploads/peliculas/f03f089b498b49ef460b1f91e8936190.jpg

https://www.ali2day.com/wp-content/uploads/2021/05/1621034860_10_Shes-a-De-Vil-woman-How-Disney-is-gambling-140m.jpg

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domingo, 16 de mayo de 2021

Biografía "Mary Shelley: la visionaria escritora que concibió con su pluma la ciencia ficción"

Hoy os traigo una publicación un poco diferente.

El mes pasado, antes de comenzar el horrible descenso a los infiernos que supuso la publicación de la fecha de mis oposiciones (que ahora me ocupan el 75% del tiempo en el que estoy despierta), me leí una biografía de Mary Shelley, la autora de la mítica novela Frankenstein.

En concreto se trata de Mary Shelley: la visionaria escritora que concibió con su pluma la ciencia ficción (2019), redactado por Eva Díaz Riobello y perteneciente a RBA Coleccionables.

El libro pertenece a la Colección Grandes Mujeres que fue lanzada en Kioscos hace un par de años. Adquirí varias de ellas, y llevaba desde entonces tratando de buscarles un hueco entre mis lecturas, sin éxito.

 

Finalmente, tras terminar Sol de medianoche, decidí empezar con ellas siguiendo un orden basado en mi interés particular. Tras finalizar este tomo, estaba dispuesta a comenzar con la biografía de Hedy Lamarr hasta que la noticia de la recta final de mis oposiciones me obligó a hacer un alto en gran parte de mis actividades de ocio que se va a prolongar mínimo un par de semanas más. Ni siquiera logré forzar un hueco para subir esta reseña —que redacté poco después de terminar el libro— hasta ahora.

Si digo que hoy no os traigo una reseña al uso es porque no voy a centrarme en evaluar la obra en sí, pues a fin de cuentas no se trata de una novela sino de una biografía, si no en hacer un repaso por lo que esta nos enseña, es decir, por la —trágica— vida de Mary Shelley. Para este fin, el libro en cuestión se ayuda de una serie de pasajes del diario personal de Mary.

 

 Mary Wollstonecraft Godwin fue la hija de los filósofos Mary Wollstonecraft (una de las propulsoras del feminismo, autora de Vindicación de los Derechos de la Mujer) y William Godwin. Nació en Londres en 1797, once días antes del fallecimiento de su madre producido por una infección contraída durante el parto. Su padre volvió a casarse con una mujer opuestamente diferente a quien había sido el amor de su vida. Esta señora, Mary Jane Clairmont, sería el prototipo de madrastra que traería a la pequeña Mary de cabeza durante su vida. Ella aportó al matrimonio hijos previos, Charles y Claire Clairmont —quien acabaría acompañando a Mary en muchas de sus peripecias por el mundo—, que se sumarían a la pequeña Mary y a Fanny, la hija que Mary Wollstonecraft había tenido con otro hombre antes de casarse con William. Después, William y ella concibieron uno mutuo, al que llamaron en honor de él.

Cuando Mary tenía 17 años de edad se enamoró de Percy Shelley, un joven poeta casado que compartía los ideales liberales de William Godwin, quien le invitaba a menudo a charlar y filosofar en su casa. Ante la oposición de sus familias a su romance, decidieron fugarse juntos en 1814 a Francia, no sin llevarse con ellos a Claire, quien también estaba deseosa de salir del hogar familiar.

Los tres juntos vieron mundo, hicieron amigos intelectuales, cambiaron constantemente de residencia y escaparon de las habladurías que habían dejado a su paso y de la furia que habían despertado en su familia. Era inconcebible que un hombre casado y con hijos y una mujer que no era su esposa cohabitaran, y eso era motivo suficiente para que su reputación se viera arruinada de por vida. Vivían todo esto sin dejar de enviarle dinero a William Godwin, que se hallaba casi en la ruina, y que prácticamente solo escribía a su hija para pedirle dinero a su novio.

Al año siguiente de su fuga Mary se quedó encinta por primera vez, pero su hija fallecería a las pocas semanas de vida tras el parto. Ese sería solo el principio de las innumerables desgracias y tragedias que tendría que enfrentar a lo largo de su vida. Poco sabía de todo lo que estaba por venir.

Durante una estancia en Suiza en 1816, forjaron una estrecha amistad con el reconocido poeta Lord Byron, del que hablaré después porque no se merece irse de rositas. Durante una velada en su casa junto a John Polidori, todos ellos menos Claire aceptaron un reto: escribir una novela “de fantasmas”, en el sentido que ahora entenderíamos como terror y suspense. Fue ese el germen de la gran obra que Mary trabajaría durante dos años más y que le ha asegurado un nombre entre los precursores de la ciencia ficción en la actualidad: nada más y nada menos que la historia de Frankenstein.

Poco después, dos tragedias más sacudirían a la pareja: los suicidios de Fanny, una de las hermanastras de Mary, y el de Harriet, la esposa abandonada de Percy —el cual además no logró hacerse con la custodia de sus hijos—. En un lado más afortunado de los acontecimientos, ese año Mary y Percy también alumbrarían su primer hijo varón, William; contraerían matrimonio para poder reclamar la tutela de los hijos anteriores de Percy —que aun así les sería denegada— y concebirían a su hija Clara.  Mary, además, publicaría su primera obra, Historia de un viaje de seis semanas (1817), acerca de la época más reciente de su vida. Frankenstein fue finalmente publicada anónimamente en 1818. Sí, anónimamente, porque en aquel entonces que una mujer se atreviera a firmar su obra era equivalente al más que seguro fracaso comercial de la misma y garantía del desprecio de la crítica.

Para entender muchas cosas convendría señalar algunos rasgos básicos del comportamiento de Percy Shelley. En primer lugar, era un “culo inquieto” y no aguantaba mucho tiempo residiendo en el mismo lugar. Eso le llevó a persuadir a Mary para trasladarse a Italia, arduo viaje que le costó la vida a su bebé Clara, que estaba atravesando unas condiciones muy delicadas de salud. Tan solo un año después, fallecería también su otro hijo.

En segundo lugar, no solo los atrevidos ideales de Percy en relación al amor harían que Mary tuviera que sufrir por su parte infidelidades y encaprichamientos con otras jóvenes cada vez que él se aburría en su matrimonio, sino que para colmo haría indirectamente responsable de esto a la propia Mary solo por hallarse en un estado de desapego y depresión perfectamente comprensibles teniendo en cuenta que en menos de cuatro años había perdido a tres hijos.

Ese mismo año, Mary se refugiaría en la literatura una vez más como su balsa de seguridad y publicaría Mathilda (1819). Además, sufriría un aborto natural de su cuarto hijo y se quedaría embarazada por quinta y última vez del único hijo que la sobreviviría; Percy Florence.

No obstante, las desgracias distaban mucho de llegar a su fin. En 1922 su marido Percy Shelley, que había formado una especie de grupillo de aficionados a la navegación, moriría al naufragar su barco en una de sus salidas por diversión. En el mismo viaje falleció también el marido de su amiga Jane, a quien se uniría más que nunca durante el duelo, si bien años después Jane se descubriría como una amiga falsa que la ponía verde a sus espaldas. Asimismo, todos los amigos que había hecho durante su matrimonio le acabarían dando la espalda tarde o temprano, pues Percy Shelley era el vínculo que realmente los unía y, además, ellos mostrarían un intolerante desacuerdo acerca de las decisiones que Mary tomaría más adelante en relación con la publicación de las obras de su difunto esposo.

Entre 1823 y 1830 publicaría, ya de vuelta en Inglaterra, sus obras Valperga, El último hombre y La suerte de Perkin Warbeck, mientras criaba a su adorado hijo Percy Florence, a quien trataba infructuosamente de inculcar su amor por la literatura. También redactó biografías de Los científicos y escritores más eminentes como colaboración con The Cabinet Cyclopaedia, que se negó en redondo a la propuesta de Mary de incluir la biografía de alguna mujer relevante.

Durante los años venideros, todavía tuvo que enfrentar la muerte de su padre, William Godwin —quien no se había reconciliado con su hija hasta que ella dignificó su unión con Percy con el matrimonio, a pesar de que William siempre había renegado de este sacramento—, la lucha con su suegro para que este dotara a su nieto de unos ingresos de manutención suficientes, así como diversos intentos de chantaje que trataban de arrebatarle el poco dinero que había conseguido ahorrar.

Entre 1835 y 1940 publicó sus novelas Lodore y Falkner y sus Caminatas en Alemania e Italia, esta última relatando los viajes que realizó en compañía de su hijo y de los amigos de este. Ocho años después se trasladaría con su hijo y la encantadora esposa de este a la mansión que el suegro de Mary finalmente le legó a su nieto tras su muerte a pesar de la escasa relación que habían mantenido. Por aquel entonces Mary padecía una parálisis que iba en aumento e iría limitando sus movimientos a pasos agigantados, a causa de un tumor cerebral no detectado. Finalmente, en 1851, Mary Shelley falleció a los 53 años y fue enterrada por deseo suyo junto a los restos de sus padres.

 

Si tuviera que encontrar algún defecto en Mary Shelley sería, por una parte, lo extremamente cegada de amor que estaba con Percy, lo cual se traducía en una excesiva sumisión hacia él (nada extraña en una mujer de su época, por una parte, pero sí en alguien de ideas tan supuestamente transgresoras y liberales como las suyas).

Del mismo modo, no puedo olvidar hacer referencia a la extrema hipocresía de su padre quien, si bien la crió y educó en la tolerancia al amor liberal y la crítica al yugo del matrimonio, le retiró la palabra cuando ella se fugó con Percy sin estar casada y no la perdonó hasta que contrajo matrimonio con él. Parece que sus ideas podían hacerse extensibles a todo el mundo, con la salvedad de su hija.

Un poco caradura también era Claire, la hermanastra de Mary, que se les pegó como una lapa a la pareja durante los años siguientes a su fuga hasta el punto de casi pasar a ser tres en el matrimonio.

Claro que nadie figura en su biografía que sea tan sumamente despreciable como Lord Byron. Cuando en 2017 vi la película Mary Shelley protagonizada por Elle Fanning, me llevé una gran decepción con él, porque, por muy buen poeta que fuera, tenía unos principios que dejaban mucho que desear. Pero lo que no podía ni imaginar era lo mucho que la película había suavizado su inmoralidad, como he descubierto años después al leer este libro.

Tras seducir a Claire y dejarla embarazada, Lord Byron se desentendió completamente de ella y del bebé. Cuando Claire reclamó recibir algún tipo de ayuda económica para poder criarla, él solo accedió con la condición de arrebatarle a la niña (a quien además rebautizó porque no le gustó el nombre elegido por su madre) y que Claire no pudiera volver a verla. No obstante, su intención no era ni mucho menos criarla él, sino que se la pasó como si de mercancía se tratara a unos conocidos para que se ocuparan de ella, la cual acabó yendo a parar a un convento, donde no mucho tiempo después falleció. Todo sin que Claire hubiera podido verla crecer. Pero esto es solo un resumen sintético de las numerosas conductas abominables que Lord Byron se traía entre manos.

 

Para concluir, en relación a cómo está escrita la biografía, señalaría a su favor la amenidad de su lectura y la conveniencia de la adicción de una útil cronología al final. Por otro lado, no me convence tanto que en ocasiones se distancie de la objetividad y neutralidad que se espera en este tipo de obras y tire de ficción en su descripción de ciertos detalles sin importancia, como si se tratara del guion de una película.

 

 

Fuentes de las imágenes:

Goodreads

Facebook.com

Eluniverso.com

 

 

domingo, 21 de febrero de 2021

Reseña sobre "Sol de medianoche" (saga "Crepúsculo")

Por fin le pude echar mano. Larga fue la espera.

Para los despistados, Sol de medianoche nos cuenta la misma historia que su antecesor Crepúsculo (primer libro de la saga de este mismo nombre) pero desde la perspectiva del vampiro Edward en lugar de la de la humana Bella.

Desde que a principios del pasado verano llegó a mis oídos (o a mis ojos, más bien) que Sol de medianoche había sido terminado (después de más de una década de espera) e iba a ser finalmente publicado en agosto del 2020, los días no parecían pasar lo suficientemente rápido.

 

Sobre la saga Crepúsculo:

Nunca he sido una fan entregadísima de Crepúsculo. Me he leído los libros más de una vez y he visto las películas en varias ocasiones, pero mis períodos de interés por la saga sufrían bastantes baches. Si los releía me mantenía “obsesionada” con la saga durante unas semanas y luego se me pasaba.

A pesar de que a rasgos generales es una saga que me gusta y que podría situar más o menos entre mis favoritas, mi mayor problema con ella lleva el nombre de la protagonista de la saga original, Bella Swan. Anodina, rancia, cabezota y sosa. Lo que otros catalogan de valentía yo lo atribuyo más bien a una soberana estupidez, obstinación y egoísmo (sí, egoísmo, porque nunca se para a pensar en los constantes problemas que causa a los Cullen ni en el dolor que sus decisiones provocan a sus padres). Por mucho que la autora pretendiera hacer de la protagonista una persona sencilla, modesta y anti-materialista, se pasó ocho pueblos hasta el punto en que resulta cargante. No le gusta bailar, no le gusta la moda, no le gusta la música… ¿Se puede saber qué le gusta a esta mujer? Aparte de Edward, claro está.

A pesar de eso, la Bella de los libros, al menos en el primero de ellos, tenía unos momentos salvables cuando recurría, por ejemplo, al cinismo o la mordacidad en algunas de sus ácidas respuestas al todavía muy distante Edward. En esos momentos la chica podía merecer apenas un atisbo de interés.

Sin embargo, en las películas, incluso eso nos fue arrebatado. Aparte de los directores y guionistas, la mayor parte de la culpa la tuvo, por supuesto, la actriz. Kristen Stewart es una de las actrices que más detesto por razones obvias. Es inexpresiva, insulsa, antipática y va por la vida como sometida permanentemente bajos los efectos de un fuerte tranquilizante. Si de por sí Bella Swan no era de mi agrado, Kristen no hizo otra cosa que acabar de rematarla.

Robert Pattinson —quien con sus continuos desprecios hacia la saga, sus admiradores y la autora se ha ganado a pulso mi merecido desprecio— no lo hizo mucho mejor. Edward era un personaje muchísimo más interesante que Bella, y si bien el papel requería interpretar a un ser atormentado y taciturno, el Edward del primer libro muestra a mitad del mismo una faceta risueña, feliz e ilusionada ante su enamoramiento que brilló completamente por su ausencia en el film. Eso por no hablar del atractivo físico nulo de los dos actores protagonistas. ¿No se suponía que al menos Edward tenía que ser tan hermoso como un dios griego?

A pesar de que las películas y el cuarto libro hicieron todo lo que estuvo en sus manos porque dejara de gustarme la saga (no me hagáis hablar de la estupidez que entraña la propia existencia de Renesmee, por favor), ninguno lo consiguieron.

 

En busca y captura de un ejemplar de Sol de medianoche:

En su momento ya me fastidió que la autora desechara la maravillosa idea de continuar la re-narración del primer libro por parte de un personaje verdaderamente interesante (esto es, Edward), y los pocos capítulos que publicó gratuitamente me dejaron con ganas de más y la nostalgia de lo que pudo haber sido. Recordemos que interrumpió su escritura porque estos capítulos fueron filtrados en internet y eso le provocó un berrinche. Después de eso la voluntad de terminarlo algún día le iba y le venía a temporadas.

Al parecer, si una cosa buena ha tenido esta maldita pandemia, ha sido que Stephenie ha dispuesto del tiempo —y del aburrimiento— que necesitaba para ponerse manos a la obra y terminarla. Y yo se lo agradezco infinitamente, porque se ha convertido en mi libro favorito de la saga.

Dado que tratándose de la primera lectura quería poder disfrutarlo en mi propio idioma, no me quedaba otra que esperar a que terminara el verano y fuera publicado en español. Eso sí, con lo que no contaba es que su elevado precio me haría desechar la idea de comprármelo en cuanto saliera. Entonces se me planteó un gran dilema: ¿Sacrificaba 19,95€ en un capricho en tiempos de crisis, aguardaba con la esperanza de que alguna biblioteca de mi ciudad lo comprara y así no tener que pagar yo por él o bien esperaba a Navidad para pedírmelo por Reyes?

La primera opción decidí descartarla, en parte para evitar cargos de conciencia y en parte porque el pasado septiembre me hallaba completamente inmersa en mi primera —sí, primera— lectura de la saga de Harry Potter, por lo que igualmente no lo hubiera leído hasta que no hubiera terminado con esta (algo que se demoró más de lo previsto, hasta diciembre, porque hay que ver lo largos que son los cuatro últimos libros del joven mago).

Aposté temporalmente por la segunda opción, con la mala suerte de que mi biblioteca de siempre aún no lo había comprado (e ignoraron mis dos peticiones de compra). Para colmo, después de molestarme en hacerme un nuevo carnet para otra biblioteca en la que sí lo tenían, me dijeron que no podría poner mis manos sobre él hasta pasadas varias semanas porque estaba prestado y después tenía que someterse a un período de cuarentena anti-covid.

Así pues, viendo que no iba a poder hacerme con él hasta diciembre como mínimo, lo mismo me daba esperar un poquito más hasta Reyes, por lo que finalmente opté por esa tercera opción, sabiendo que su elevado precio haría que la inclusión del libro en mi lista supondría tener que renunciar a otros posibles regalos que también me hacían ilusión. Me resigné a ello.

A pesar de las enormes ganas que había tenido de leerlo durante medio año, con esto pasa un poco como con el hambre, de tanto esperar para comer se te acaba pasando un poco. Con la tranquilidad de ya tenerlo entre mis manos, me dediqué a terminar otros libros sobre Harry Potter que tenía en mi casa sin leer “desde el año la pera” aprovechando la “Pottermanía” que me había entrado desde que había empezado la saga (si antes de leerme los libros yo ya era Potterhead lo soy aún más ahora).

Por tanto, no fue hasta este mes de febrero que lo comencé… y que lo terminé, unas dos semanas después. Si hubiera dispuesto de más tiempo para leer me lo hubiera acabado en un lapso de tiempo más reducido, pero a mi apretado calendario había que sumarle a ingente extensión del libro (sí, supera los de Harry Potter) y mi deseo de no terminarlo cuanto antes sino deleitarme en una lectura que me había traído tanto de cabeza los últimos meses.

Los capítulos eran largos (los más cortos me llevaban una media hora), y solía leerme una media de dos al día tras la cena o justo antes de dormir. Eso sí, al contrario de lo que llevo haciendo toda mi vida, no lo leía tumbada sobre la cama, ya que el enorme peso de semejante mole titánica me hubiera aplastado las costillas y hubiera tenido que acudir corriendo a urgencias.

Ahora ya entrando en lo que todos estaréis esperando: el libro.

 

Opinión sobre Sol de medianoche:

Me ha encantado. Sospechaba que me iba a gustar, pero ha superado mis expectativas. Puede resultar una obviedad pero, evidentemente, resulta mucho más atractivo estar dentro de la mente de Edward que dentro de la de Bella. Eso sí, a veces exaspera un poquito la terriblemente equivocada visión de sí mismo que tiene y la desmesurada concepción de Bella que posee en comparación, y, a pesar de que es un hombre sin duda inteligente, no lo parecía cada vez que mostraba tanta seguridad en que Bella saldría huyendo despavorida ante cualquiera de sus revelaciones. Parece que sí que había depositado demasiada confianza en su don para leer mentes, hasta el punto que está más perdido que un elefante en una cacharrería cada vez que tiene que interpretar pensamientos procedentes de una fuente no audible para él.

Yo me preguntaba si la notablemente superior extensión de este tomo frente a su contraparte, Crepúsculo, se debería más que nada a la inclusión de muchas escenas nuevas, pero no es así. Sí que hay varias escenas nuevas, suficientes como añadir novedad al libro y que no sea una mera repetición de acontecimientos desde un punto de vista distinto. Pero la diferencia de tamaño de debe más que nada a que cada una de las escenas que sí que estaban en el otro libro se amplían bastante más. No porque ocurran más cosas, sino por las cuantiosas y extensas reflexiones que Edward intercala en ellas. Porque parece ser que en eso él se parece mucho a mí, y cada evento desencadena un millar de reflexiones que nos pueden estar haciendo dar vueltas y más vueltas a la cabeza sin descanso.

Es decir, los acontecimientos se alargan más y suceden más lentos, como podemos comprobar, por ejemplo, con la ampliación de la escena del prado. Así, recibimos información valiosa sobre qué estaba pasando por la mente de Edward mientras Bella lo inspeccionaba sobre la hierba (aunque nunca pensé que fuera a tratarse de algo tan abstracto) o sabemos cuál fue la primera reacción de Bella cuando Edward se expuso al sol. He de decir que no recordaba que esto no aparecía en el libro original, y, al ver que no me sonaba lo que estaba leyendo, tuve que hacer una pausa para releer de nuevo la escena en el otro libro.

Quizá fuera esta una de las escenas preferidas de los fans y por eso Stephenie se propuso ampliarla. Lo cierto es que, si bien la escena que, sin duda alguna, yo más ansiaba leer desde que comencé este nuevo volumen era la presentación de Bella a los padres de Edward, la que más enriquecedora encontré y más disfruté fue precisamente la del prado, al verla desmenuzada con tanto detalle y sentimiento.

En comparación, el estilo de narración de Bella durante todo el Crepúsculo original es completamente directo, casi limitado a contar lo que está ocurriendo sin apenas apreciaciones personales de por medio. Una retransmisión casi limpia, menos viciada por delirios subjetivos. Buscando una analogía, si la forma de narración de Bella es un breve cuento juvenil, la de Edward es un amplio y sesudo ensayo.

Sin embargo, en ningún momento su narración se me hizo pesada o espesa. El libro no me hizo aburrirme en ningún momento. Había escenas que atrapaban más mi interés que otras, evidentemente. Sus interacciones con Bella y con los Cullen para mí hacían palidecer al resto. Pero todo lo demás era interesante también.

Una de las razones por las que también le tenía tantas ganas a este libro era para poder conocer más sobre los Cullen. No hablo solo de su pasado, sino de su día a día y, sobre todo, de cómo iban sobrellevando la progresiva infatuación de Edward con Bella y sus opiniones sobre ella. Tenía una enorme curiosidad por obtener impresiones sobre Bella por parte de miembros del clan como Jasper, Emmett, Carlisle o Esme, que habían sido los más neutrales al respecto. Quizá no recibí tanto sobre eso como yo quería, pero tampoco fue tan escaso como para suscitar mis quejas. Por ejemplo, se abordan en más profundidad los resentimientos de Rosalie hacia Bella. Una parte de mí entiende que Bella la ponga de los nervios, porque, a fin de cuentas a mí también me pasa y yo tampoco entendería que es lo que Edward ve en ella. Pero por otro lado, Rosalie se pasa muchísimo con ella y su profundo odio no me parece justificado solo por la estúpida razón de que envidie que ella sea humana.

También nos enteramos de hechos que desconocíamos hasta ahora, como que Edward no podía leer con claridad la mente del padre de Bella, Charlie, o que la de Renée (su madre) es ruidosa y demandante. Supongo que ha sido un intento de la autora por explicar la procedencia de la silenciosa mente de Bella, pero creo que Stephenie ha sufrido un lapsus matemático al considerar que una mente muy audible sumada a otra muy discreta darían como producto una mente completamente muda. Supongo que no seré la única que vea el fallo en esa lógica. Eso por no hablar de que en tomos anteriores como Amanecer nos dejaron la impresión de que Edward sí podía leer la mente de Charlie, como cuando le están revelando que van a contraer matrimonio y Edward súbitamente se relaja porque sabe cómo va a reaccionar Charlie. Además, ¿a caso no le hubiera comentado Edward a Bella que también tenía problemas para leer la mente de su padre? A fin de cuentas, eso hubiera hecho que Bella no se sintiera tan “bicho raro”, y él sabe cuánto odia ella esa sensación.

Hablando de mentes, también averiguamos que Edward considera que la de Jacob es algo así como “inocente y pura”. Me pregunto durante cuánto tiempo más seguiría pensando de esta manera antes de que los celos se abrieran paso en su concepción sobre él. Probablemente en cuanto regresara de Italia y comprobara la estrecha “amistad” que se había forjado entre ambos.

Por otra parte, no sé si como resultado de algún tipo de demanda por parte de los fans, conocemos mucho más acerca de los gustos literarios, musicales, cinematográficos y de todo tipo de Bella porque han incluido o alargado sus conversaciones durante las comidas en la cafetería del instituto, en las que Edward la sometía a intensos interrogatorios. Sin embargo, me frustró que no se nos dieran las mismas respuestas respecto a Edward. ¿Por qué ilustrarnos tanto respecto a los gustos de Bella y mantenernos en tinieblas respecto a Edward? ¿Para seguir manteniendo un halo de misterio en torno a él?

Otro de los atractivos de releer Crepúsculo bajo la perspectiva de Edward era conocer qué había estada haciendo este mientras no se encontraba con Bella. Dado que los primeros capítulos  —que son en los que están más distanciados—, ya los habíamos leído hace años, solo cabían sorpresas respecto a los momentos en los que Bella estaba dormida, y, sobre todo, mientras permanecen separados porque James va a la caza de Bella, que es el único momento desde que empiezan a intimar en el que realmente se alejan el uno del otro, por la propia seguridad de Bella. Así, yo creía que la escena de la busca y captura de James iba a ser más interesante, pero lo cierto es que no. Para mi sorpresa, me resulta más atrayente lo que ocurre entre Bella, Jasper y Alice que entre Edward, Carlisle y Emmett, que, básicamente, se redujo a correr tras el rastreador.

Más sugestivo pero mucho más desconcertante fue la narración del intrincado plan elaborado por Alice para buscar una coartada para todos ellos para poder explicar la escabechina montada en la sala de ballet y en el cuerpo de la propia Bella, mientras esta se hallaba inconsciente camino al hospital. He de ser franca y admitir que no me enteré de mucho. Con tanto salto temporal y ausencia de explicaciones, no me quedaba muy claro qué estaba sucediendo en la realidad y qué sucedía solo en la mente de Alice.

Desafortunadamente, la autora no ha disfrutado de la escritura de Sol de medianoche tanto como yo de su lectura, argumentando razones poco convincentes sobre la falta de libertad creativa inherente a la reescritura de una historia que ya ha sido contada. Mentira cochina, porque no solo es distinto de por sí el relatar los eventos desde un punto de vista completamente distinto si no que la propia extensión del libro demuestra que no se ha quedado precisamente corta añadiendo escenas completamente nuevas. Se le ha pasado la “fiebre Crepúsculo” y punto. Lo malo es que nos quedamos sin Luna Nueva, Eclipse y Amanecer contados por Edward, para mi enorme desgracia.

Termino mi reseña concluyendo que es una lectura de la que realmente he disfrutado mucho y que me resultaba realmente adictiva, hasta el punto de costarme parar. No obstante, sin duda interesará más a los fans tradicionales de Crepúsculo que a nuevos lectores, que se pueden ver espantados por la ingente dimensión de semejante tocho y por las intrincadas y numerosas deliberaciones mentales de Edward. Aun así, yo no puedo por menos que recomendarlo.